22.5.12

Perros y gatos

Charles Dickens fotografiado 
con uno de sus perros


A Dickens le gustaban mucho los perros. Según su amigo y biógrafo John Forster "el interés de Dickens por los perros era inagotable". Le gustaban sobre todo grandes, aunque no rechazaba los pequeños, como el pomerania de su hija Mamie. En 2101 hubo en la casa Bonham de Nueva York una subasta en la que salió un collar que había pertenecido a uno de los perros de Dickens. Un amante de los perros o de Dickens (o de los dos) lo adquirió por la nada desdeñable cifra de $11.599.

Los gatos le gustaban menos. En sus casas de Londres estaban prohibidos, porque temía que se zampasen sus pájaros; pero cuando en 1860 comenzó a residir en Gad's Hill, y dado que había espacio suficiente para ambas mascotas, no tuvo reparos en tener algunos.
En sus novelas salen perros con frecuencia. Mi preferido es el fiel mastín "Bullseye", de Bill Sikes, en Oliver Twist. Cuando ve que su amo, en su huída después de matar a Nancy, muere accidentalmente ahorcado por una soga, también "Bullseye" encuentra la muerte:
"Un perro que nadie viera hasta entonces, comenzó en aquel momento a correr por el borde del tejado, lanzando aullidos lastimeros; después de medir la altura con la vista, arrojóse sobre los hombros de su amo, pero perdiendo el tino, cayó al foso y se despedazó la cabeza al chocar contra una piedra".

En cuanto a los gatos, uno de los más singulares es "Lady Jane", la terrorífica gata gris de ojos grises y maneras de tigresa, cuyo propietario es el comerciante Krook de Casa sombría. Por cierto, como apunta John Sutherland, el término Lady Jane -¿recuerdan la canción de los Rolling Stones?- en slang significa "prostituta" o "vagina". Seguro que a Dickens no se le escapaba esta acepción vulgar. No puede decirse lo mismo de la mayoría de sus lectoras contemporáneas, aunque sí seguramente de sus maridos.

19.5.12

Un poema de Olson



LOS MARTÍN-PESCADORES
(fragmento)

No soy griego, no he tenido esta ventaja.
Y, desde luego, tampoco romano:
ël no podría tomar ningún riesgo que importe,
el riesgo de la belleza menos que ninguno.

Pero tengo mi parentesco, si no por otra razón que
(como él dijo, próximo al parentesco) haberme comprometido, y,
dada mi libertad, sería un canalla
si no lo hubiera hecho. Esta es la pura verdad.

Funciona de esta manera, a pesar de la desventaja.
Ofrezco, por explicación, una cita:
si j'ai du gout, ce n'est guères
que pour la terre et les pierres.

A pesar de la discrepancia (un océano  coraje  edad)
esto también es cierto: si tengo gusto
es solo porque estoy interesado
en lo que fue asesinado al sol.

           Les planteo su pregunta:

¿destaparían la miel / donde hay larvas de mosca?

           Cazo entre piedras

(De "The Kingfishers", en The Collected Poems, de Charles Olson, Berkeley, 1987. Trad. J. O.) 

16.5.12

Charles Olson


Charles Olson (1910-1970)

Charles Olson es uno de los poetas más importantes que surgieron en Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial. Nacido en Nueva Inglaterra, estudió en la Wesleyan University, donde se doctoró con una tesis sobre Herman Melville. Perteneció a la llamada escuela de Black Mountain, de cuyo College llegó a ser rector. Su propuesta experimental y del "verso proyectivo" influyó en las generaciones poéticas posteriores. En 1950 comenzó a escribir la que se considera su obra cumbre: un largo poema, The Maximus Poems, en la línea de los Cantos de Ezra Pound o Paterson de William Carlos Williams, que quedó inconcluso a su muerte.
Interesado por las lenguas indoeuropeas, la geología y la cultura maya, en Maximus IV, Olson introduce la deriva de los continentes. Vislumbrada por el geólogo norteamericano Frank B. Taylor unos pocos años antes de que Alfred Wegener estableciara su propia hipótesis, el colosal movimiento cortical del planeta le sirve a Olson como metáfora de la historia y sus grandes migraciones. Olson escribió este parte cuando la teoría de la tectónica de placas se estaba gestando. En el poema Olson dirige su mirada a las rocas de Ten Pound Island, constata su sometimiento bajo las capas de hielo de la última glaciación y entiende el desplazamiento de las masas continentales a partir de un único megacontinente, Pangea, como símbolo del destino migratorio del hombre y de la trágica agitación de la historia. 

13.5.12

¿Oro multicolor?



Victor Jory a Sterling Hayden: "Veo que desconoce la geología del Gran Cañón. En sus estratos hay oro de todos los colores."

(Flaming Feather, 1952, de Ray Enright. Guión de Gerald Drayson Adams y Frank Gruber)

10.5.12

Un francés en Londres


En Quince días en Londres un caballero francés nos cuenta sus impresiones de una visita a la capital del Reino Unido a finales de 1815. La obra fue traducida anónimamente al castellano y publicada en Barcelona en 1818. Por sus páginas vemos cómo el viajero frecuenta cafés y chop-houses; pasea por parques y jardines; asiste a una función de teatro en Covent Garden; comprueba que el denso y negro humo que emana de la combustión del carbón de piedra, "os obliga a enjabonarse cara y manos como cinco o seis veces al día"; constata el abuso que hacen los londinenses de la palabra comfortable; se aburre en domingo... En fin, lo normal.
Pero hete ahí que un día es convidado a tomar el té en casa de un conocido. Sale pues el francés de la fonda imperial de San Petersburgo, donde se hospeda, y entra en la calle Cheapside. Allí le salen al paso tres muchachas. Una de ellas "me dijo que mi traza era de tener frío, y me ofreció con mucha cortesía, ir a calentarme con ellas en su habitación". El visitante rehúsa el ofrecimiento, no sin antes obsequiarlas con una pieza de tres chelines para que "bebieran a mi salud y a la suya". Enfila luego la calle Holborn, "llena de mugeres de esta clase, que a cada paso me salían al encuentro, y si pude substraerme de sus provocaciones, lo debí a la precipitación con que andaba, que no les daba tiempo de alcanzarme". Llegado a Bloomsbury, "el número de mozuelas no se aflojaba, pero su calidad ya no era la misma". Además, "daban evidentes señales del estado de borrachera en que la mayor parte de ellas se hallaba". Finalmente, entra en la calle Oxford y allí ya puede andar con más tranquilidad.
Un luctuoso suceso tiene lugar la víspera de su partida. Un huésped de la fonda se ha quitado la vida en su habitación, dejando una nota manuscrita que decía: "A nadie se impute mi muerte. Estoy cansado de vivir. ¿Qué cosa es la vida? Trabajar y descansar, comer y dormir. Esta uniformidad me fastidia: quiero ver cosas nuevas."

7.5.12

Milagrosas espinas

Grabado que representa la parte anterior del corazón
 de Santa Teresa, con sus espinas.
(Del libro del P. Nemesio Cardellach)

Entre las reliquias de Santa Teresa hay una que, durante mucho tiempo, se tuvo por una de las más insólitas pruebas de su santidad: las espinas de su corazón. Mi amigo Josep Mª Sans me facilita al respecto un libro raro y curiosísimo: Santa Teresa de Jesús y las espinas de su corazón, de N. C. y B., Valencia, Establecimiento de José Martí, 1876. Se trata de un libro alucinante, en el que su autor, el presbítero de la Congregación de la Misión P. Nemesio Cardellach y Busquets, dedica todos su esfuerzos a analizar y describir pormenorizadamente dichas espinas y otros peculiares rasgos del momificado corazón transverberado de la santa, que se conserva en una urna de cristal en el convento de las carmelitas descalzas de Alba de Tormes.
Tal y como se puede observar en el grabado adjunto, las supuestas espinas aparecen a modo de excrecencias puntiagudas, de dos a tres centímetros de largo, que brotan directamente del corazón. Se aprecia también en el corazón, según el padre vicenciano, otro grupo de espinas más cortas y finas; así como otras particularidades dignas de señalar, tales como señales de la herida o transverberación hecha por el dardo del Serafín (sic), filamentos parecidos a lana o estambre, manchones negros semejantes a los de la hoja del tabaco en rama, rugosidades con aspecto de piedra, una ramita salida inmediatamente del corazón, etc.
A finales del siglo XIX, siendo el P. Cámara obispo de Salamanca giró una visita al convento de Alba de Tormes. Observó, estudió e inquirió la reliquia y formó su opinión, a saber: que debía desecharse la errónea creencia de que las llamadas espinas del corazón de Santa Teresa consitutían un fenómeno milagroso; y, en consecuencia, mandó que fueran quitadas.

4.5.12

Un relato de Ana Vega

LA CAMA

La cama estaba a medio hacer. Ella dibujaba su silueta mientras permanecçia tendida en el suelo. Su cazadora estaba allí, junto a ella, y sus zapatos y su camisa. Ella permanecia en el sitio exacto del suelo en el que aterrizó al caerse de la cama. Ni siquiera intentó levantarse, realizar movimiento alguno; allí quieta, con su camiseta estirada por el uso y las piernas frías por el contacto con el mármol. Seguía dibujando su silueta perdida en el suelo, a su lado, su cabello ondulado parecía invadir ese espacio que él debería ocupar, que ella dibujaba para retenerlo. la ventana seguía abierta. Llevaba horas ahí, en la misma postura helada. Cada vez que cerraba los ojos lo escuchaba de nuevo: el sonido de un cuerpo que se estrella contra el asfalto. Cuando cayó de la cama comprobó que la pesadilla se había hecho realidad. Ya no volvió a moverse.

(De Llanquihue, de Ana Vega. Huerga & Fierro editores, Madrid, 2012)

1.5.12

March

William March (1893-1954)

EL SOLDADO MARTIN DAILEY

Me desperté en un tren hospital. Me escocían los ojos, tenía el pecho dolorido y punzadas en las piernas. Desde donde estaba acostado, iba vislumbrando el campo francés, repleto de amapolas y plantas de mostaza en flor. Oí un murmullo de voces y el ruido metálico de unos motores cuando hicimos una parada de algunos minutos en una estación por el camino. Me recosté y volví a cerrar los ojos. El vagón apestaba a desinfectante y sangre seca, y a ese olor que se desprende al enjaular a muchos hombres juntos.
Encima de mí un tipo hablaba sin parar de Nebraska. Su cabeza, que asomaba por encima de la litera, tenía un color blanco grisáceo y sus uñas habían cobrado un color azulado. Hablaba en voz queda y lenta. Tenía muchas ganas de hablar porque sabía que iba a morir antes de llegar al hospital. Pero no había nadie que le escuchara. Estábamos allí tumbados, casi en silencio, pensando en nuestras desgracias, como carneros recién castrados, demasiado cansados para consolarnos con jaramentos. Permanecimos muchos, mirando fijamente al techo, o echando algún vistazo por las puertas al campo precioso, ahora en plena floración.

(Compañía K, de William March. Traducción de Bianca Southwood. Libros del Silencio, Barcelona, 2012)